Era una noche de Mayo, de las del calor estival tempranero, sonaba a sal en las cornetas que de la mar venían a desgranar un rosario de quejidos por calles serranas de la ciudad subbética, del mar vinieron sones para contemplar la servidumbre del maestro. Rememoranza de antiguos siglos, a las calles de la ciudad se echaba, ya con treinta monedas traidoras en la antesala de la cena postrera, el Lavatorio de Cabra.

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