Nuestra Pastora.

Un año más llegó Navidad, un año más te nos regalas sencilla y grandiosa a la vez, un año más en la intimidad de tu Santuario y ya, en las postrimerías de Abril trayendo contigo Primavera volverás de nuevo a tu pueblo siendo nuestra Pastora.

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La Luz que regresa a la Cumbre.

El Altar del Cielo regresa a su cumbre, en lo más alto de esa atalaya que dije que no era sierra pero que tampoco era monte que no era monte pero que tampoco era cerro. La Luz regresa a la Cumbre, el faro brillará con más luz. No era sierra, no era monte, no era cerro pero si era, es y será atalaya donde la Luz vuelve a brillar, faro de nuestras noches y lucero de nuestros días. La Luz, regresa a la Cumbre.

Lucena se queda en silencio.

Sí, bien podría titularse así tu despedida. Aunque la letra no se compuso para tí puesto que Senderos la compuso para la ida de su Patrona desde Almonte hasta la aldea de su nombre, algo que ocurre cada siete años, esa misma letra, ese mismo estribillo tan melancólico y triste se puede aplicar a tu partida hata casa Serrana, eterna Señora de Aras y, este estribillo, reza así:

¿Por qué te vas Madre mía?

es tu ausencia mi lamento

¡Qué triste es la despedida!

Lucena se queda en silencio

porque te llevas mi vida.

No hay mejor manera de definirlo, los muros de San Mateo se quisieron hacer más pequeños para retenerte y el altar mayor queda vacío y oscuro porque ni toda la grandeza de Jerónimo Hernández ni de Juan Bautista Vázqez “El Viejo” igualan tu luz y tu grandeza. Las calles se abren para tí, luminosas y a la vez tristes y hasta los cantes, por mucha alegría que se derrame en ellos, son nostálgicos. Todo es nostalgia tras tu partida y la Plaza Nueva lo sabe bien soñando ya con otro mes de Mayo y tu puerta que no es puerta, de la Mina, que en su encalada pared refleja tu sombra cuando vuelves de Pastora.

Del color del Campo Andaluz.

Ya vistió la Señora sus galas carmesís y esto nos viene a decir que ya le queda muy poquito tiempo de estar aquí, en casa lucentina, pisando el suelo de sus hijos para volver a su atalaya de Aras pero, antes, Ella vistió las galas del color de su Reino, ella vistió de verde, verde del Campo Andaluz, el color de la Esperanza que Ella siempre lleva consigo.

La Calma.

La vorágine de los días grandes pasaron, la mañana posterior fue tranquila con un constante ir y venir para pedirte, darte gracias, tal vez reñirte por algún favor no concedido, darte los buenos días, sólo pasar a ver cómo estabas, contemplarte o simple y llanamente mirarte. Pasaron los días de la muchedumbre y volvió de nuevo, la calma… Tu Calma que, de nuevo, se tornará en torbellino de sentimientos un segundo Domingo de Mayo cuando Tú, bajarás a la Tierra para dar tu mano a los que de Tí siempre necesitamos.

La noche del Aracoeli.

… Y el sol se fue y te besó antes de irse, y el añil llegó y puso la color en el ambiente bañando tu camino, efímero el añil pero llegó y contigo se quedó ese instante fugaz. El añil se fue y llegó la oscuridad queriendo imponer su manto y su negrura pero no pudo competir contigo, Velón de mil corazones, Faro encendido en el cabo de la vida. No pudo la negrura imponer su oscuridad y Tú brillaste, brillaste, brillaste y nada apagó tu Luz, aquella Luz que contigo traías desde que se abrieron las puertas, la luz nunca cesó y la noche se resolvió en tu Luz, Araceli, hasta tornarse multicolor. Ese milagro ocurre cada primer domingo de Mayo… La noche del Aracoeli.