La Virgen carmesí.

Último domingo de julio, la canícula asfixiante hace buscar fuentes donde calmar la sed y no hay fuente más fresca donde calmar la sed de alma y cuerpo que la perfecta simetría de la Virgen carmesí.

Fue en noviembre, hoy la recuerdo y os la comparto, que Ella la auténtica Reina del Campo Andaluz calme vuestra sed y sosiegue vuestros desvelos.

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Madre.

Un día hablando con un muy buen amigo nos preguntábamos el misterio que hace que la Virgen atraiga hacia Ella a tantísimas personas, hombres, mujeres, jóvenes, niños, mayores. Personas que, muchas de ellas, no pisan las losas de la iglesia salvo en estos días de mayo en los que la Virgen está en San Mateo y, hablando largo y tendido sólo supimos dar una respuesta y no es otra que esta: Madre.

Muchos de nosotros, creo que prácticamente todos, cuando nos acercamos a San Mateo en estos días no vemos sólo la imagen de la Virgen sino que vemos también a la Madre, los que aún tenemos a la nuestra aquí la vemos como la Madre espiritual que también cuida de nosotros y para los que ya no tienen a su madre entre nosotros ven en el rostro de la Virgen a su Madre, que seguro ya goza de su presencia allá donde estén.

Por eso Araceli es la Madre que viene una vez al año a visitar a sus hijos y sus hijos acuden prestos y raudos a su llamada.

Si te llamas Araceli…

Ya lo dice la coplilla que una y otra vez se desgrana cuando la apoteosis llega a la calle del Peso y avanza por las cuatro esquinas hasta desembocar en el inmenso mar de la Plaza Nueva…

Si te llamas Araceli

no llores ni tengas pena

porque Araceli se llama

la Patrona de Lucena.

Y así una y otra vez, entre los gritos de Araceli guapa, el himno una y otra vez repetido, el fandango que se desangra en los balcones, las flores que mueren por Ti. Así, una y otra vez, una y otra vez…

Si te llamas Araceli

no hay en ti cosa más buena

que llevar el dulce nombre

de la Virgen de Lucena.

En la Plaza Nueva, fuego y color, todo se acaba para volver a empezar y, en las hojas gastadas del tiempo quedó el estribillo que se perdió por el ferrocarril, se perdió y no volvió pero ahí queda esa letrilla que se fue por la estrecha vía del ferrocarril…

Siempre sentí que me abrasaba

el tierno amor de tu mirada

Altar del Cielo, mi dulce amor

Tú eres la Madre que quiero yo,

que quiero yo.

Penúltimo domingo de abril.

Tú traes los cantos.

Tú traes los himnos.

Tú traes las flores.

Tú traes lo vítores.

Tú traes los besos.

Tú traes los ruegos.

Tú traes primavera.

Tú traes las tardes sin fin.

Tú traes el sol.

Tú traes la visita diaria.

Tú traes las salves.

Todo lo traes Tú, prendido en tus tirabuzones, el penúltimo domingo de abril.

La Luz que regresa a la Cumbre.

El Altar del Cielo regresa a su cumbre, en lo más alto de esa atalaya que dije que no era sierra pero que tampoco era monte que no era monte pero que tampoco era cerro. La Luz regresa a la Cumbre, el faro brillará con más luz. No era sierra, no era monte, no era cerro pero si era, es y será atalaya donde la Luz vuelve a brillar, faro de nuestras noches y lucero de nuestros días. La Luz, regresa a la Cumbre.

Del color del Campo Andaluz.

Ya vistió la Señora sus galas carmesís y esto nos viene a decir que ya le queda muy poquito tiempo de estar aquí, en casa lucentina, pisando el suelo de sus hijos para volver a su atalaya de Aras pero, antes, Ella vistió las galas del color de su Reino, ella vistió de verde, verde del Campo Andaluz, el color de la Esperanza que Ella siempre lleva consigo.