Coronación

“Y tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y una caña en su mano derecha; y arrodillándose delante de El, le hacían burla, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!”

Mateo 27.29

Una joya, en la barriada. Una noche de invierno, fría, lluviosa, triste; hacía falta luz y la luz lo impregnó todo en el rostro y en el cuerpo del Dios coronado, coronado de espinas al que llaman Rey, al que es Rey. Fue una noche de invierno, fría, lluviosa, triste y la luz vino de su mano, allá en la Barriada donde cada año por Septiembre es recibida y por Octubre es despedida la Madre de los egabrenses.

A Mateo Olaya, buen amigo y compañero de luces y sombras.

 

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Portento

Yo mantengo la máxima aquella de: “de bien nacido es ser agradecido” y, en esta ocasión, más que nunca.

Francisco Javier López del Espino no es ya una promesa, es una realidad, una realidad palpable, el testigo de la actual escuela cordobesa de imaginería, currante incansable, estudioso, inconformista, alguien que a cada obra va un pasito a más y así siempre. Un día tuve la suerte de que me llamara para fotografiar una serie de bustos y, desde entonces, forjamos una amistad sincera entre ambos, diciéndonos las verdades a la cara, lo que nos gusta y lo que no de nuestras respectivas obras (jamás podré comparar lo que yo hago con lo que él hace) y, como es de bien nacido el ser agradecido, yo le agradezco el privilegio de poder haber hecho esta sesión al portento de San Jerónimo que a nadie dejará indiferente pero, conociendo al autor de la obra, sé que ya le estará dando vueltas al coco para mejorar, aún más si cabe, su próxima obra.

Portento…

Humildad y Paciencia.

Sabía quien eras, siempre he sabio quien eres desde la infancia pero no te conocía, sí, no te conocía y en dos noches de cuaresma por fin pude conocerte de cerca, frente a frente y he de decir que desde aquellas dos noches tu semblante se me marcó.

Gracias a la Hermandad de la Paz de Córdoba por esta oportunidad tan precisa y preciosa que me dió de tener tan cerca a su Amantísimo titular, Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia y gracias por dármelo a conocer, yo que sabía quien era pero que no lo conocía. Gracias por la confianza depositada en mí y espero no haberos defraudado.